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Domingo, 31 Agosto 2014 00:00

Debilidad (por Mariano Cordera)

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“La furia por curar lo incurable es destructiva; los griegos llamaban sabiduría al sentido de los límites, de los límites propios. Conocer la diferencia entre lo curable y lo incurable, lo exigible y lo que no es exigible, es un principio de orden que nos permitiría vivir de otro modo”.

Juan Bautista Ritvo

Admisión

Llegó con nominaciones centradas sobre su cabeza. Hablaban las partes de una disputa, quizás económica. Qué puede. Qué no. Un incendio. Se planteaban veredas opuestas sobre sus posibilidades. Un hombre de cuarentitantos certificado, de discapacidad. Sufría epilepsias desde niño. Cuando le apuntábamos y pretendíamos su decir sobre los dichos que lo envolvían, alcanzamos a percibir que solía “quedarse pegado” al discurso del otro. Corrimos al otro. Afuera. Y entonces comenzó a trastabillar. ¿Qué digo sin el otro? Y en éste caso, un Otro invocado desde la debilidad para ser tanto garantía de sujeto predicado como de saber hacer. ¿Un Otro deseado como omnipotente?

Un dispositivo de admisión en El Centro de Día nos funciona como una suerte de primera fotografía. Al decir de Alejandro Dolina, fotografías que con el paso del tiempo se transforman. Los fotografiados se mueven, por ejemplo y en éste caso, ese abrazo y esa sonrisa de la prima ya no son tan cómodos para el sobrino, que ahora se lo nota intentando soltarse. Y aquel almuerzo sonriente, cayó mal. Porque el hombre de cuarentitantos somatizaba las tensiones y cortocircuitos discursivos con problemas digestivos varios. Sebastián.

Un dispositivo de admisión nos permite decir sí: trabajar con el otro, que el otro trabaje en nosotros. Y que venga el movimiento de los fotografiados.

¿Qué debilidad?

Entendemos que abordar la debilidad mental no como un mero déficit certificado por test militares, sino como la vacilación propia del sujeto para posicionarse y asentarse en un discurso, nos lleva a contemplar la hipótesis lacaniana:

“Llamo debilidad mental, al hecho de que un ser, un ser parlante, no esté sólidamente instalado en un discurso. Es lo que hace el precio (lo valioso) del débil. No hay ninguna otra definición que se le puede dar, sino de ser lo que se llama un poco descarriado. Es decir que entre dos discursos, él flota. Para estar sólidamente instalado como sujeto, es necesario atenerse a uno o bien saber lo que se hace. (J.LACAN Clase 7, 15 de marzo de 1972. El Seminario 19, …Ou pire)”.

Leemos en “No todo es amor, madre” de Jorge Jinkis un trabajo fuerte sobre tales postulados:

“(…) “debilidad” designa la estructura de lo mental y no un rasgo que se puede predicar de alguna estructura específica. (…) No toda añoranza del origen puede interpretarse como hacerse uno bajo la envoltura tierna de la madre (Mannoni). Precisamente la debilidad de la que hablamos es la de nuestro pensamiento, la que no resigna el número dos para soñar con ese encuentro.”

Avanzará en su argumentación de la mano del escritor de La Metamorfosis, revisitando las interpretaciones de su Carta al padre:

“Kafka no vacila: un deseo de debilidad, volver a sentirse débil, como si la invalidez acrecentara la potencia materna que vivifica para reproducir entonces el convencimiento feliz de aquel consuelo inigualable”.

Nos parece importante llevar al diario del trabajo la afirmación y la inversión en clave de hipótesis de trabajo. Hay debilidad mental, y se la desea. Un deseo de debilidad: empuje de hacer aparecer a un Otro omnipotente, que sabe y hace.

Para pensar a la debilidad entonces, pivotearemos entre tales hipótesis: el deseo de debilidad (búsqueda del Otro omnipotente) y el flotar entre dos discursos por no estar sólidamente instalado en uno. Pivotearemos allí como un jugador de básquet que tiene uno de sus pies en el piso, para poder moverse en varias direcciones. Pivotearemos, en definitiva, intentando no quedar en el lugar del Pitufo Filósofo, aquel al que en la supuesta aldea socialista (Antoine Buéno), se le suele dar una buena patada en el culo por solo repetir y justificar todo lo que le dice el padre-teoría.

Nocturno a mi barrio

dicen que me fuí del barrio...
cuándo?
pero cuándo?
si siempre estoy llegando,
y si una vez me olvidé;
las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja,
titilando como si fueran manos amigas, me decían
"nene quedate aquí!, quedate aquí, quedate aquí...”

Sebastián siempre quiso volver, porque nunca se fue. Quizás radique allí su resistencia, su lucha y precio. Porque sostenía la incomodidad de no estar en casa. Vivía en una pensión en la cual le costaba mucho pagar barato cuando en otro barrio, su barrio, estaba la casa que había heredado de sus padres. Casa de su infancia. Que estaban arreglando familiares para alquilar:

“La casa era una mugre, nosotros la estamos arreglando para que la pueda alquilar. Una vez vino Sebastián y se fue al contenedor que estaba afuera y de a poco empezó a sacar algunas cositas. Es eso que está ahí. ¿Ven? Unos autitos de madera y esas cositas”.

Click. Foto: sus familiares. En diferentes entrevistas nos planteaban que el muchacho no cedía el empuje de volver. Que no se conformaba con estar viviendo “sin problemas en la pensión”. Controlado, cuidado. En ése momento, donde todavía había irregularidades con sus crisis epilépticas por una no aceptación de tal padecimiento, llevándolo a no tomar la medicación, pudimos ubicar una frase imperativa: no puede vivir solo. Trabajó en nosotros esa frase. La hicimos nuestra teniendo en cuenta alarmas básicas que en lo cotidiano no sonaban. Lo hablamos con él. Insistimos, ¿desde el lugar del amo y el dominio? No fue sin una crisis importante y un golpe fuerte sobre el rostro por una caída, que pudo verbalizar en diálogos posteriores: “si no tomo la medicación me hago mierda”. Golpes que le permitieron avanzar en la consciencia de su enfermedad. La medicación estabilizó las crisis epilépticas y ya hace rato que no surge ese cortocircuito. Vinieron otros. A respondernos el imperativo construido:

“Encontré con quien irme. Y vuelvo a mi casa. Ya avisé que no la alquilen más. En la pensión en la que estoy hay un compañero que está buscando un lugar. Le ofrecí que se venga conmigo. Le voy a cobrar un alquiler.”

Es importante señalar, en éste punto aquel “no puedo saber” que se le supone al sujeto en la debilidad. Punto que no es muerto. Punto de marcha, en todo caso. Trabajable. Analizable. Desde el cuestionamiento y la interrogación. Lo cierto es que su resolución aparentaba ser saludable, pero nos quedaba resonando aquel “me hago mierda” como suerte de empuje pulsional. De hacerse cagar. A Sebastián en mayor o menor medida, le sacan ventaja. Lo cagan. Un par de meses después nos encontramos que su compañero, sería uno más de esa lista. Otros que dominan y aprovechan al débil. ¿Qué aprovechan del débil? Posible respuesta: su deseo de debilidad. De hacer uno con un otro omnipotente. Amo. Retorna entonces el “no puedo saber” como descarriamiento.

Fue así como Sebastián ya no entraba en su propia casa. Quedaba afuera. Barriendo. Adentro una familia que su compañero le metió. También bajo la promesa de alquileres (nunca cobrados). Es notable las producciones gráficas-significantes del concurrente en ese momento: la casa por un lado, afuera él. Sentado. En otra, coloca a ésta familia en el lugar de su familia. Eran pronto seis personas. Siete Sebastián, afuera. Barriendo.

En la institución muchos coordinadores y profesionales se enojaron. Es paradójico el efecto: “escúchame… hace lo que quiere. No nos escucha”. De pronto, desde el descarriamiento, el débil domina. No estará de más entonces, revisar el diccionario (RAE) sobre aquel significado que definitivamente está implicado en las tensiones de una dirección clínica posible:

descarriar
(De des- y carro).
1. tr. Apartar a alguien del carril, echarlo fuera de él.
2. tr. Apartar del rebaño cierto número de reses. U. t. c. prnl.
3. prnl. Dicho de una persona: Separarse, apartarse o perderse de las demás con quienes iba en compañía o de las que la cuidaban y amparaban.
4. prnl. Apartarse de lo justo y razonable.

Click. Foto.

Impacto y horizonte

No tardó mucho en incorporarse al grupo de los que cuentan con mayor autonomía y despliegue dentro del lenguaje. Se visitaron en horarios extra institucionales, planearon comidas y hasta salidas a los bailes. Fue el concurrente que pasó a cortar el cabello (algo que su madre hacía en él) en una de las oportunidades. Y desplegó todo un saber de tangos y dibujos. Podríamos decir que a nivel institucional, de a poco fue forjando un lazo de compromiso con pares. Nos fuimos enterando de cómo su billetera se las arregla cada tanto para quedar vacía al caerse delante de un otro que arremete. O que adoptó una mascota como forma de pago por alquileres incumplidos de parte de aquella familia que finalmente se fue. Para que ingrese otro. Un tío. Ahora sí, familiar. Tres entonces. Su compañero desde la pensión, su tío… y Sebastián nuevamente adentro.

Un fin de semana, cercano a las fiestas de fin de año, se descompensó en su casa por problemas estomacales. Nos retornó aquel imperativo construido: no puede vivir solo. Y fue el tío quien consiguió la ambulancia para el suero y la internación. Pero el relato que le llegó al grupo de concurrentes fue otro. Estuvo mediatizado por “su compañero”, quien de pronto “lo había salvado y se había ocupado de todo, estando Sebastián con riesgo de vida”. Otra foto. Otro movimiento. Sus compañeros del Centro de día, de salidas, bizcochitos y mates, se angustiaron. Recurrieron al personal para sobrellevar la situación y enterarse que no había sido así. Que incluso, no hubo riesgo al poder ser atendido. Esto fue para ellos enterarse no sólo que les mintieron, sino que a Sebastián lo joden. Le mienten. Lo manejan como los manejaron a ellos en ésta situación. Fue un impacto, pero también el horizonte de las palabras y los encuentros siguientes. Sus compañeros:

“Queremos hablar, que Sebastián sepa… tiene que saber lo que pasó, cómo éste tipo miente y lo jode. Nosotros nos quedamos muy mal. Nos preocupamos”.

Reunirnos para hablar de diferentes temas siempre es un acierto para avanzar por más que la sensación a veces sea la del retroceso. Dar la palabra. No porque alguien la tenga y sea su dueño, sino para intentar producir saber ahí donde se decide no poder saber.

El encuentro nos sorprendió, el diálogo emergente planteó un horizonte no pensado, el de la soledad. Sebastián escuchó lo que le plantearon sus compañeros. Siempre asintió. Y cuando lo cercamos a decir su pensamiento, sentó su argumento en plenas navidades: “¿qué quieren que haga?, estoy solo”. Como si viniera a reformularnos el dicho: “mejor mal acompañado, que solo”.

Sus compañeros escucharon.

Nosotros también.

Para notar que finalmente, en aquella foto familiar, varios fotografiados, ya no están.

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