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Viernes, 16 Agosto 2013 00:00

Paradojas de lo conceptual. Bordes de la reinvención. Verdad de la experiencia analítica.

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Resumen: Reinventar, revisar, resituar… Palabras que no dejan de re-sonar y de hacerse presentes en circunstancias que re-claman, que re-quieren, de nuestro entendimiento, una nueva mirada, un nuevo enfoque y por ende una nueva disposición, que aún oscilando entre aventurera y conservadora, sepa avanzar por terreno desconocido y encontrar aquellos pasajes que toda perspectiva emergente debe poder localizar, en el afán de hacerse un lugar.

Palabras clave: reinvención, libidinal, significante, bordes, sentido, psicoanálisis, ciencia, Freud, paradigma, paradoja.

Reinventar, revisar, resituar… Palabras que no dejan de re-sonar y de hacerse presentes en circunstancias que re-claman, que re-quieren, de nuestro entendimiento, una nueva mirada, un nuevo enfoque y por ende una nueva disposición, que aún oscilando entre aventurera y conservadora, sepa avanzar por terreno desconocido y encontrar aquellos pasajes que toda perspectiva emergente debe poder localizar, en el afán de hacerse un lugar.

Lugar que intenta situar su eficacia operatoria en el tratamiento de lo real, eso que no alcanza a recubrir la intención de la palabra, o a ser legitimado simbólicamente con exactitud matemática, pero que no obstante hace sentir su presencia, sus efectos y también su poder.

La práctica analítica es ese real que suele convocarnos, con una periodicidad azarosa, a llevar a cabo cierto tipo de reinvención, cuyo alcance inmensurable y carácter aleatorio no pueden adivinarse en ningún cálculo previo, pero cuya instrumentación forma parte de la estrategia y modalidad de abordaje de lo que aparece como nuestro campo, esto es, la subjetividad y sus avatares.

En tanto necesaria pero a-sistemática, dicha reinvención se ofrece a los más arduos intentos por compatibilizar las premisas y presupuestos que fundan la praxis, en cuanto discurso, doctrina o teoría, con las observaciones y planteos que surgen de la clínica y que obligan a  nuestras intervenciones a desplazarse sobre un juego de correlaciones y paralelismos que, poniendo a prueba la medida de nuestros recursos heurísticos, muchas veces terminan instalando la necesidad de una deconstrucción, de una operación lógica re-fundante , que bien puede ser efímera y transitoria, encontrando su límite en la próxima sesión.
Si esto es así se debe, en parte, a la singular laxitud, al entramado elástico y permeable que conforman los conceptos con que la teoría psicoanalítica ha sabido delinear su estrategia discursiva, sus márgenes simbólicos y su arquitectura semiótica.

Estos conceptos se han ido forjando en una relación de inmanencia con la práctica clínica y de ordinario funcionan como operadores privilegiados e imprescindibles. Es justamente esta condición, de imprescindibles e inmanentes lo que los hace –paradójicamente- más vulnerables, puesto que están expuestos constantemente a la especificidad de un caso único y como tal, irrepetible.

Lo dicho equivale a decir que “imprescindible” no va aquí de la mano con la idea que habitualmente nos hacemos de estabilidad, permanencia o solidez. Por el contrario, lo subjetivo “en movimiento” somete a las más duras pruebas la fiabilidad del constructo. Exige su correspondencia y estricta adecuación, pero también le impone una condición irrenunciable: la fuga inmediata; la endeblez y la evanescencia necesarias y suficientes para escapar a tiempo de cualquier encorsetamiento paralizante. La dimensión subjetiva es siempre producida y productora, es causa y consecuencia, acción y reacción. El acontecer vital de este proceso repele cualquier intento de segmentación, de cristalización o estrangulamiento.

Es así como la sustentabilidad de una concepción teórica es puesta en jaque de continuo y de allí que su vigencia sea el resultado o la consecuencia, de su “inadaptación”, tanto como de su adecuación; de su reversibilidad, más que de la inalterabilidad de su semiosis; de la labilidad de su fundamento lógico, tanto como de la “fortaleza” de sus proposiciones…

Paradojas, desencuentros, contradicciones. Marcan el curso de lo que podría entenderse como lo más propio y singular de una epistemología psicoanalítica, en constante devenir.

Paradojas del sentido.

Aprendimos de Freud que la posibilidad del lenguaje encontraba su destino y su proyección en íntima relación con la sexualidad. Con una sexualidad interdicta, representada y no instintual. La idea de un estamento exclusivamente biológico que diera cuenta acabadamente de la naturaleza y fin sexuales, se derrumbaba cuando el hombre comenzaba a hablar. Los tropiezos del habla, -el vulgar “lapsus linguae”-, no eran otra cosa que el trastabillar por efecto de una corriente indómita y poderosa, que amenazaba con arrasar todo a su paso, desafiaba las convenciones sociales, se mofaba de las jerarquías y la autoridad y no se detenía hasta entregar su mensaje.

Y más todavía, el camino que iba desde una experiencia de satisfacción intuitiva y balbuceante, hasta la imagen alucinada de un sueño; desde una formación sintomática hasta las elaboraciones intelectuales más complejas, estaba construido con el mismo material.

Aquello que posibilitaba la conexión y la articulación de dichas instancias, acentuando su carácter exclusivamente humano, era una especie de energía llamada “libido”. Tan importante era para Freud reconocer la incidencia del hecho libidinal, que su presencia o su ausencia determinaba para él, la salud, la enfermedad y hasta la muerte psíquica.

El sentido entonces, la dirección, o la tendencia, eran así definitivamente promovidos y llamados a la acción por un sustrato pulsional, que servía de plataforma de lanzamiento a todo gesto, a toda actitud y a todo pensamiento.

Nos movíamos con la misma facilidad, en la claridad más luminosa o en la noche más obscura. Siempre y cuando la brújula de nuestra libido estuviera libre de ataduras y su cursor -el deseo-, dispuesto a seguir la atracción irresistible de un norte, que surgía en el horizonte con la fuerza oracular de un destino inexorable: Su satisfacción objetal y-o su equivalente: la deriva sin fin, en un discurso interminable.

El “sentido” pues, aquello que escapaba muchas veces a los esfuerzos de nuestra intelección, perdía su misterio, su aureola mística y también su posible encanto. La orientación funcional de nuestras facultades cognitivas estaba signada por una hechura sexual que la instalaba sobre una dinámica significante, en un viaje hacia la muerte del que éramos testigos privilegiados y protagonistas exclusivos.

Sexualidad y muerte, he aquí dos polaridades que encontraban en el discurso analítico la oportunidad de establecer una relación original, a partir de una noción particular de la dinámica psíquica, - la deriva pulsional-, cuyo movimiento estaba asegurado sobre carriles filogenéticos y dónde los principios físicos de la conservación de toda energía y  los factores entrópicos inherentes a la materia viva, podían expresarse y ser partícipes activos de todo cuanto se le pudiera achacar a la “condición humana”.

El psicoanálisis había encontrado así el motor, el principio fundamental, aquello que se erigía en la piedra basal de su monumental edificio discursivo.

Se pueden advertir aquí, las señales de los primeros “deslizamientos”, de los primeros desajustes epistémicos. Por un lado la imposibilidad de llevar la lógica a su culminación extrema, en lo que podría ser una definición axiomática del funcionamiento psíquico, al modo de las ciencias naturales. Y por otro, la dificultad de capturar al sentido en los registros conocidos de las opciones semióticas existentes, a la manera de los estudios científicos del lenguaje, en cualquiera de sus variantes o escuelas.

Si la pulsión, con su trabajo de empuje constante da al sentido el carácter y la especificidad, a partir de su encadenamiento significante, también la muerte tiene una oportunidad de expresarse allí. Con la misma vehemencia, con el mismo ímpetu, la vida puede correr también hacia su propia destrucción. El abandono de cualesquier paridad significante, el “desanudamiento” de lo simbólico, anuncian el epilogo y permiten ver el rostro lavado y mortífero de una desnudez pulsional, que se muestra como habitante de ciertos bordes, de ciertos límites. El sentido, desprovisto de “significación” libidinal muda por un instante en sin-sentido. Sin-sentido que asoma en los confines, como una instancia silenciosa, vacía,.. y a veces letal.

El vaciamiento simbólico así operado, nos pone de cara con la marcha incontenible de la pulsión hacia una descarga definitiva y aniquiladora.

Podemos rastrear los momentos en que la clínica localiza este clivaje. Lo podemos observar en aquellas situaciones en que la palabra queda relegada a un lugar simplemente instrumental, “desafectado”, sin chance de metáfora. También allí donde prima el acto como único recurso representacional, casi mimético, de cualquier intento de comunicación. Y por último, donde el silencio gana la partida, dónde hasta la respuesta angustiosa es congelada y obligada a sucumbir en el marco de una especie de “nada”, espectral y amenazante.

La clínica de las adicciones o toxicomanías, las distintas expresiones de la psicosis, los estadios culminantes de ciertos paroxismos, en algunos cuadros neuróticos  – intentos de suicidio y otras formas de pasajes al acto-, son los sitios habituales donde podemos constatar este “real teórico”, del que ya nos hablaba Freud hace más de cien años.

Bordes de la reinvención y límites de la tentación filosófica.

Una pregunta viene insistiendo y es necesario darle paso: ¿Es posible que también lo podamos encontrar en el diván del analista, si no en sus consecuencias fatídicas, en la insinuación instrumental del dispositivo?

El vaciamiento de significación que propone cierto estilo de análisis, como consigna y a la vez como una de las razones directrices y “objetivo final” de la cura… ¿No presupone, a la vez que necesita, pasar por alto algunas de estas líneas básicas del abordaje clínico?

Si al “des-ser ”, tan anhelado teóricamente y perseguido con legitimidad y ahínco en los tortuosos meandros de una especulación febril –que por momentos se acerca más a los desvelos de la filosofía, que a las preocupaciones de la práctica analítica-, lo trasladáramos abrupta y esquemáticamente, al “ruedo”, a la arena movediza y cambiante del escenario subjetivo, que está a su vez sometido a un arbitrio pulsional que encuentra en el movimiento significante su razón de ser y su paradigma existencial  ¿No estaríamos incurriendo en una suerte de extrapolación, comandada por un ideal que tendría por misión filtrar las “impurezas terapéuticas” que sobrevendrían en el fin de análisis?

Impurezas que podrían tener quizás, como características distintivas, su apego por una significación parcial, por la recuperación imaginaria y simbólica de todo aquello que aporta  sentido de la vida humana, en tanto proyección imaginada y experimentada como ligazón a un Otro habilitante y constitutivo. Y siendo efectivamente  así,  ¿cuál sería la razón primordial que nos induce a instalar la idea de una contraparte, cuya “pureza” cuidaríamos celosamente, y que tendría por meta la gestación y el alumbramiento de un “vacío” final, dónde mueren las ilusiones, se concreta un “realismo” perceptual libre de espejismos, y se inaugura una etapa dónde la ruptura de los condicionamientos fantasmáticos, es susceptible de precipitar como sedimento, en el escepticismo más radical y el nihilismo más crudo?

Creo que sin esforzarnos demasiado podemos presentir aquí alguna conexión de lo puro, con lo letal. De la blancura operacional, inmaculada y silente, con la acritud y el descreimiento que caracterizan a las manifestaciones carentes de vitalidad y de futuro. Para decirlo todo, con el riesgo infinito de poner entre paréntesis la validez y autenticidad de todos los intentos por construir un lazo social, en el que estén representados aquellos indicadores que hacen a ciertas alusiones valorativas, congruentes con la preservación de la vida de relación y las posibilidades afectivas de los humanos en cualquier entramado social.

Palabras como justicia, amor, solidaridad, comienzan a perder entidad frente al deslizamiento semiótico que presupone la falta de sustentabilidad y garantías significantes de un Otro, -léase: géneros discursivos, cultura- que motorice el deseo y ayude a configurar el itinerario libidinal del intercambio subjetivo.

Si la reinvención y movilidad de los conceptos es por momentos una necesidad de la clínica, se podría pensar con razón, que también lo es su vigencia.
Se tornan pues necesarias, en cada movimiento crítico la suficiente mesura y la correspondiente rigurosidad metodológica, que acompañen la intención y desalienten la precariedad de cualquier improvisación antojadiza.

Cuando escuchamos algunas frases alegóricas, en lo que aparece como un intento legítimo por agiornar el corpus teórico a los tiempos que corren, podríamos escuchar también -si nos lo permitimos- los gemidos agónicos de una historia conceptual, que se resiste a entregar la vida ganada en más de un siglo de lucha, que no está dispuesta a dejársela arrebatar en una forma sacrificial y casi ignominiosa.

“No hay cadena significante”.. “Los conceptos están acabados”.., son alguna de las advertencias que nos llegan, desde lugares que consideran oportuno iniciar  una revisión inaplazable, para situar al psicoanálisis sobre nuevas coordenadas y protegerlo de un seguro ostracismo.

Si el sentido, como lo concibió Freud, revelaba su paradoja fundamental en tanto que se apoyaba sobre una pulsión mortífera, capaz de insuflar vida y movimiento a las palabras… El sin-sentido por el que hoy se “milita” en ciertas filas analíticas, en función de un pretendido argumento-causa, ¿no corre el riesgo de cancelar el “sentido originario” de una praxis secular?  Las paradojas a la orden del día, como se puede apreciar…

Algunas verdades de la experiencia analítica.

Se habla mucho hoy de una crisis del psicoanálisis. Se critica a sus fundadores y maestros por la autoría de un relato carente de rigor científico, y a sus seguidores por la adhesión a presupuestos teóricos que parecen haber demostrado su obsolescencia y anacronismo, tanto en el plano epistémico-gnoseológico, como en sus consecuencias clínicas o sus aplicaciones prácticas. Nada nuevo por cierto.

Si esto fuera realmente así nos veríamos, tal vez, obligados a tirar por la borda uno de los más espectaculares y atrevidos intentos por descentrar el lugar del saber y el conocimiento, llevándolo a su posibilidad ecuménica, al alcance de todos. Fuera de la órbita exclusiva y excluyente de un ego autosuficiente, ambicioso y aliado incondicional del poder y la hegemonía de las elites.

El psicoanálisis nos enseña, con Freud y Lacán, que los orígenes y el pasado remoto pierden su poder referencial y operativo, en tanto conservan la importancia de su incidencia como factores determinantes de los fenómenos. Lo que a primera vista aparece como una flagrante contradicción, no es otra cosa que la contracara dialéctica de un enigma que por más que nos empeñemos en develar se sostiene en su condición de tal, refrendado por las pruebas que aporta la cotidianeidad más trivial de cada uno. Garantizando de esa forma, la prosecución de una deriva vital que de lo contrario se vería amenazada en sus más íntimos repliegues… Amenazada, ¿por quién o por qué?*

La experiencia analítica reivindica el derecho de la vida a defender sus misterios. No comparte la idea positivista de un progreso continuo e inexorable, solidario de una evolución-ilusión enajenante. No sonaría exagerado, si persistimos en esta dirección, declarar que dicha experiencia es una parte importante de los últimos recursos que le quedan a la humanidad para escapar a la influencia de las leyes del mercado, del sistema monetario y la circulación-distribución del dinero. Por lo tanto, a someterse a la voracidad científica y sus proyectos de poder.  … Contestada la pregunta.*

Si el psicoanálisis ha operado en algunos planos como una revolución, ha sido ante todo como una revolución democrática. A todos por igual en la medida de su deseo. Nadie está exento de padecer las consecuencias del malestar en la cultura, ni de encubrir con su síntoma, la extrema fragilidad de la razón. Nadie es tan poderoso como para escapar a las leyes dictadas por su condición de ser hablante, esclavo de las palabras que nunca osó pronunciar, y que sin embargo lo someten a la claridad de una verdad inobjetable, en el fallido más estúpido.

Sumisión y revelación, tropiezo y descubrimiento, caída y renacimiento.

Sera por eso, tal vez, que resulta complicado y riesgoso firmar el acta de defunción y abjurar de la experiencia vital de un pasaje original y decisivo. Podríamos arriesgar, en consonancia con esto, que si un analista deviene de un análisis, un verdugo deviene de su necesidad… y luego de su carencia. Nos es lícito creer entonces, que mientras haya vida habrá psicoanálisis.

Es en la preservación de la vida dónde encontramos los primeros pasos de Freud y es en ese registro donde deberíamos mantenernos, en relación a los posibles cambios, giros o revoluciones. Si la salvación del psicoanálisis no depende de la inmutabilidad de sus conceptos, si depende, de la vigencia de algunos aspectos medulares de su especificidad. Localizar e identificar estos aspectos es tarea fundamental de todo intento de revisión y neo-producción. Y es también parte de los desafíos que nos plantea la adscripción a un discurso que no perteneciendo al campo de la ciencia, nos compromete desde la adhesión a un paradigma estético y como tal, inherente y consustancial con nuestras “formas” espirituales.

Rara mixtura de ignorancia y saber, de esencias y contingencias, de inmediatez y previsibilidad, el psicoanálisis se revela como una síntesis prodigiosa de la aventura humana, constatada en el dialogo y el acontecimiento significante. Pero también inaugura un cauce diferente por el que puede transitar el amor, en un desfiladero singular y a la vez colectivo, marcado por el surco de la libre asociación, que solo se subordina a las leyes de la metáfora y la creación de sentidos.

Imaginemos por un instante, que las líneas de borde que debe recorrer la necesidad de reinventar y producir, son las mismas que recorre la pulsión en su derrotero errático y desesperado. Que son las mismas que tiene que transitar el ser de la filosofía, pero también las que no puede eludir el des-ser no-ontológico y cuasi-virtual de la porfía analítica. Es posible que tengamos que convenir entonces, que son las mismas por las que camina el hombre desde que pudo pronunciar alguna palabra y ya nunca volvió a ser el mismo.

No abreviemos pues, el trayecto, ni prolonguemos la ruta. Simplemente permitamos que las cosas sucedan en armonía con la masa pendular de un movimiento ancestral, poderoso y prolífico. El movimiento de la vida. Que nos permite girar, avanzar y retroceder, pero nos concede la gracia de una sola lucidez… La de darnos cuenta de que solo por eso – porque se mueve- es que seguimos vivos, y que solo porque hablamos podemos mirarnos al espejo de cuando en cuando y advertir que algo cambió, definitivamente en nosotros.

Héctor García - Agosto de 2013.

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  • Invitado - Martin

    Hola Hector, como siempre un derroche de estilo tu escrito. Me encuentro con una respuesta a aquellas preguntas que nos venimos haciendo respecto del lugar que le podemos otorgar al la cuestión del sentido en psicoanálisis, ciertamente es en el movimiento perpetuo del sentido y su falla donde podemos encontrar eso que llamamos emergencia del sujeto o instante de posibilidad, si queremos nombrarlo de otra forma.
    A mi también me suele disgustar las declaraciones rimbombante que paralizan, luego aplastan y por fin someten a aquellos analistas débiles de espíritu que buscan un amo a quien seguir por no poder soportar el arduo camino en busca de un poco de verdad en esta hermosa aventura que es la del psicoanálisis, un abrazo nos vemos en la semana pa seguir laburando.

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